Historias de Arilan
14
May

Tempus Fugit

   Publicado por: arilan en Uncategorized

El tiempo pasaba inexorablemente. Nadie era inmune a su influjo y los acontecimientos que habían hecho tambalearse la paz en Árilan se atenuaron. Cada persona analizaba lo que había sucedido según su propio criterio: para el pueblo, nunca había sucedido nada, el Rey y sus ministros se encargaron de ello; para Remus, solo cayó un meteorito, con tan mala suerte, que las pacíficas gentes de Álten pagaron con sus vidas aquel desafortunado incidente.

Solo unas pocas personas permanecieron alerta durante el tiempo de relajación que el propio destino les procuró.

Jullian y Shalot regresaron a la corte. El caballero reportó un falso informe al Rey Remus en donde explicaba como su hermano había perdido la cabeza, había intentado forzar a la joven que le acompañaba y había asesinado a los escasos supervivientes de Álten. Shalot demostró una astucia innata. Su aspecto angelical y su relación con Jullian le abrieron las puertas de la corte terminando formando parte del consejo.

La Reina Emer se dedicaba día y noche a mirar a su hija, como si fuese la última vez. El día menos pensado debería morir, y temía su llegada. Las veces q

ue salía a los jardines intentaba averiguar quién sería el traidor. El pacto que había hecho con La Bruja no sería necesario si ella misma conseguía actuar en las sombras y acabar con el traidor, pero nadie se ganaba sus sospechas y el tiempo pasaba.

Áquil vagó durante mucho tiempo. Herido y no solo físicamente, no podía volver a su pueblo. Los jústicars tenían ciertos conocimientos que no podían caer en malas manos y Shalot ya sabía demasiadas cosas y había demostrado que no era de fiar. No podía arriesgarse a que le siguieran hasta la aldea. Y aunque estaba lejos de casa, sus pensamientos estaban junto a Leila, su mujer, que apunto estaba de alumbrar a su primer hijo.

Y los cinco Poderes, urdiendo sus planes. No se dejaban engañar por la calma que precedía a la tormenta. Sabían que en algún lugar existía una amenaza que no solo comprometía toda la vida de Árilan, sino también de los demás mundos que existían alrededor de Árilan. Vigilaban desde cerca a las personas que habían elegido como Paladines para combatir en la guerra que se acercaba.

Aunque uno de ellos, concretamente el mayor, aunque aparentemente el más joven, seguía jugueteando por las calles, correteando por las montañas y los prados, despreocupado, mirando alegre a las personas y envidiándolos en silencio por las vidas, aunque cortas, pero apasionadas que vivían y que eternamente estarían fuera de su alcance.

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9
May

Capítulo 21 – La Reina

   Publicado por: arilan en Capítulo 21

La calidez del sol  le confortaba.  Estaba sentada en su sillón, junto a la ventana desde donde veía toda la ciudad. Toda su ciudad. Ella era la reina Emer, la mujer más importante de todo Árilan, aunque no la más poderosa; los votos de las mujeres de la corte tenían más relevancia que los consejos que ella, tan buenamente, susurraba a su marido. Su papel, como reina y como mujer, solo era uno: alumbrar al próximo monarca de Árilan. Y así había hecho.

Con su mano derecha mecía una cuna de madera donde dormía apaciblemente su primogénita, una hermosa niña de escasa pelusilla rojiza y ceño arrugado. Y eso no era lo que se esperaba de ella. Debía haber alumbrado un varón al que educar para tomar las pesadas riendas de la corona.

Sabía que los consejeros hablaban mal de ella, despotricaban sobre su persona y conspiraban su destitución comiéndole la orejilla a su marido. “No ha sido capaz de daros un hijo”, “Esta reina es solo apariencia, pero nada bueno puede sacarse de ella”. Pero al parecer, aunque entre ella y el Rey no existiese el idílico amor a primera vista, existía el cariño. Aunque ese cariño no era suficiente para evitar que el monarca compartiese también su cama con algunas de las damas de vida alegre.

Cuando lo descubrió, dejó el lecho matrimonial. Se instaló en unos nuevos aposentos donde pasaba casi todos los días, mirando su ciudad por la ventana, confortando su cuerpo con la luz del sol, como si ese calor sirviese para abrigar su, cada vez más frío, corazón.

Pero a medida que pasaba el tiempo, desde el nacimiento de Mary, no encontraba consuelo. Se sentía encarcelada en aquel castillo. Desilusionada pues, pese a ser un matrimonio de conveniencia, siempre había esperado despertar en Remus el amor, o el afecto, que toda joven deseaba. Pero para ella no existiría el ser felices y comer perdices. No, al menos, como ella había esperado.

-¿Por qué te resignas de esa forma?

Sentada en la cama había una mujer. De larga cabellera negra y fríos ojos azules, vestida con un largo vestido de seda negra que dejaba ver unos más que voluminosos encantos femeninos.

-¿Quién eres? – dijo la reina alarmada. Nadie podía entrar en sus aposentos sin su autorización.

-Una amiga…

-¡Guardias!

-¿En serio vas a llamar a la guardia? ¿Sin saber lo que tengo que ofrecerte? Pensaba que tu instinto era más poderoso, Emer. ¿No reconoces a uno de los cinco Poderes de Árilan?

-¡Válgame el cielo! – La reina se arrodilló ante la mujer-. La…

-¡Alto! Mi nombre genérico no es de mi agrado. Se me ha asignado esa etiqueta, pero lejos estoy de ser una bruja, no menos que el resto de mis hermanos. Y entre nosotras, puedes llamarme Lady Bratovitch.

La mujer se levantó y empezó a pasearse, lentamente, por toda la habitación. Miraba el frívolo esplendor por el que se veía rodeada, pasaba el dedo por las estanterías, esperando quizá encontrar una brizna de polvo, pero todo estaba tan limpio que su hermano, El Bufón, hubiese podido comer en el suelo, como tanto parecía gustarle.

-¿Por qué eres tan infeliz? ¿Sabes que eres envidiada por muchas jóvenes, verdad?

-Si, pero la envidia de los demás no es motivo para ser dichosa. Daría mi vida y mi oro por llevar la vida que las mujeres de Árilan llevan.

-Pero tu marido se ha encargado de que muchas de ellas pasen hambre y penurias- La Bruja se acercó a Mary-. Muchas ni si quiera pueden ser madres y algunas, las que lo son, ven como sus bebés mueren de inanición.

La reina se calló. Sabía de la paupérrima situación de los barrios bajos de Ciudad Capital, el único mundo que ella conocía, y se imaginó, por unos momentos, en la situación de no tener nada con lo que alimentar a su pequeña, escuchó sus llantos.

-Pero son libres.

-Libres dices… Son más esclavos que tu y que yo, que nos debemos al cometido que se nos ha asignado. Son esclavos de los señores que les obligan a pagar su idílico estado de bienestar, son esclavos de mi hermana, predestinados a extinguir su bien más preciado, son esclavos de los designios de mi hermano, El Guerrero… Señores a los que rendir cuentas…

La Bruja se acercó a Emer y le acarició el pelo. Su melena ardiente se coló suavemente por entre sus dedos, hasta que al final la tomó por la barbilla y levantó su mirada.

-Pero tú, tú eres diferente. En tus ojos arde la determinación necesaria para llevar a cabo los cambios que deben hacerse.

-¿Qué quieres decir?

-Ya lo sabes, pero no te das cuenta. Todavía no estás lo suficientemente afectada como para percatarte de ello- La Bruja se alejó nuevamente y posó una mano sobre la cuna-. Dentro de poco habrá cambios en Árilan y en tu vida. Y dependiendo de lo que decidas en esta reunión, pasarán unas cosas u otras.

-¿Qué tengo que decidir?

-Vivir, o morir.

-¿Has venido aquí para matarme?- ¿Por qué uno de los poderes de Árilan, uno de los cinco seres más importantes quería matarla?

-No me malinterpretes. Yo no soy quién te matará. Solo puedo decirte que si tú vives, tu hija morirá, mientras que tu vida será la que la salve. – La bruja sonrió-. ¿Qué irónico, no? Tú le diste la vida y ahora será por ella por la que pierdas la tuya.

La reina no sabía que decir. ¿Morir por su hija? ¿Vivir sin ella? Esperaba que aquello fuese una macabra broma del destino.

-Pero, ¿Por qué? No entiendo…

-Lo sé. Es difícil para vosotros entenderlo, no sabes como la vida de una persona puede estar ligada tan fuertemente a otra. Pero antes de nada, antes de revelarte mi misión, has de jurarme, por tu propia vida, que lo que están a punto de escuchar tus oídos no será dicho por tu boca.

-Si de todas formas he de morir, ¿No es un pacto un tanto absurdo?

La bruja sonrió.

-Me encantas, su majestad.

-Pues quién lo diría, siendo portadora de tan negras promesas.

Lady Bratovitch se sentó nuevamente en la cama y cruzó las piernas. Sus ojos se fijaron en los de la reina.

-Dentro de un año, Árilan tendrá un nuevo monarca.

-¿Qué?- dijo con aterrada sorpresa-. ¿Mi marido, va a…?

-¿Qué si va a morir?, no. Pero alguien usurpará su puesto. O por lo menos esas son sus intenciones.

-¿Y quién será ese malnacido?

-No importa. El verdadero peligro se esconde detrás. Pero, como dije, no importa. Para que Árilan tenga una oportunidad, los hechos que hemos visto deben suceder.

-¡Pero debo avisar a mi marido!

-Si le avisas, el será el encargado de acabar con tu vida.

-¡Si no, lo serás tú! ¿Es que estoy perdida? ¿Es que es mi destino aciago morir en este año?

La reina se llevó las manos a la cara sollozando. ¿Por qué tenía que morir? Se iba a perder los grandes momentos de su hija.

-¿Quién ha dicho que vaya a matarte?

-¡No juegues conmigo! Tu misma has dicho que tengo que entregar mi vida para salvar la de mi hija.

-¿Y eso quiere decir que he de matarte? Nosotros, los poderes de Árilan, te auguramos una larga vida, complicada pero larga.

-¿Entonces?

-La que morirá a manos del usurpador será tu hija. Lo único que puedes hacer para salvarla es jugar desde las sombras.

-¿Quieres hacer el favor de hablar sin rodeos?

-Está bien. El usurpador acabará con tu marido y en tus manos está que continúe vivo. Pero no podrás actuar bajo tu aspecto, ni bajo tu persona.

La reina se mantenía callada, por fin parecía entender lo que La Bruja quería decirle.

-Así que mi oferta es la siguiente: Te procuraré un nuevo aspecto, te otorgaré poderes que nunca hayas podido imaginar, todo a cambio de que actúes bajo mis órdenes. La reina Emer debe morir y en su lugar nacerá Lady Bratovitch, consejera de la corte.

-¿Y si no quiero?

-Tu marido morirá decapitado y tu hija despeñada por las murallas de Árilan.

Emer se tapó la boca con la mano.

-Veo entonces que aceptas ¿no?

La Bruja le tendió la mano.

 

 

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2
May

Capítulo 20 – Heridas

   Publicado por: arilan en Capítulo 20

Shalot despertó sobresaltada y con un terrible dolor de cabeza. Áquil la miraba vigilante.

-¿Estás bien?

-Yo… Si – mintió Shalot.

El fuego de la hoguera crepitaba e iluminaba tenuemente la oscuridad del bosque. Ambos, bajo aquella penumbra, tenían un aspecto tétrico y sombrío, como si extrañamente, tras lo vivido juntos, desconfiasen el uno del otro.

Y en cierta manera, así era. Aquella luz que Shalot había visto en sus sueños había arraigado en su interior, y con ella su particular mensaje. ¿De verdad tenía que matar al Cazador? Se llevó la mano a la sien y cerró los ojos con fuerza.

Áquil no dejaba de mirarla, a veces de reojo, a veces directamente; mientras recogía el improvisado campamento. No sabía el qué ni el por qué, pero había algo cambiado en aquella muchacha, su mirada era diferente  y tenía la extraña sensación de que algo iba a pasar. Shalot le tocó por la espalda.

Se sobresaltó, ¿Cómo había conseguido acercarse tanto sin detectarla? ¡Sus agudizados sentidos de cazador nunca le habían fallado!

-¿Te he asustado?- Shalot sonrió con cierto matiz macabra.

-¿Qué te sucede?, pareces diferente.

-Nada. ¿Puedo hacerte una pregunta?

Áquil la miró y con su silencio asintió.

-¿Puedes volar?

Y si normalmente Áquil era serio, con aquella pregunta se volvió más, aún si cabe, y mucho más sombrío.

-¿A qué viene eso?

-Me gustaría saber si saldrás volando cuando llegue el león.

-¿León? ¿Qué León?

Shalot volvió a sonreír. Su mirada era completamente diferente, se había enfriado y un color violáceo, con ciertos tonos sanguinolentos había sustituido su color natural. Señaló hacia un punto, entre unos árboles. Allí había un hombre que los miraba.   Un hombre de aspecto aleonado, vestido con una reluciente armadura salpicada con manchas de sangre, respiraba aceleradamente, como si hubiese corrido varios kilómetros sin parar, pero extrañamente no sudaba.

-Sabes, Áquil… Me ha dicho un pajarito que tu sangre es especial…

El hombre se acercaba mientras desenvainaba su espada, también manchada con sangre reseca.

Áquil miró a Jullian y luego a Shalot. Ambos despedían la misma aura, un aura que no correspondía con ellos, que no correspondía con ningún ser de Árilan. Desenvainó dos puñales alargados que solía llevar escondidos en su espalda y adoptó una postura defensiva.

-¡Shalot, tienes que reaccionar!

Y Jullian lanzó un grito al aire y arremetió contra Áquil.

-¡Tengo que salvarla de ti! – dijo mirándole con cara de furia.

El cazador dio un ágil salto y se colgó de la rama de un árbol.

-¡Pero qué cojones os pasa!

Shalot se acercó a Jullian y lo acarició con ternura. Aquella niña no era la misma que había salvado, aquella mujer, pues hasta su cuerpo parecía haber cambiado, era completamente diferente.

-Tú sabes dónde está El Corazón de Árilan, ¿Verdad? –Preguntó Shalot al Cazador, mientras besaba en la mejilla a Jullian- Tu pueblo es el encargado de protegerlo, ¿Verdad?

¿Cómo una campesina podía saber todo aquello?

-¿Por qué huyes, pajarito?

Shalot levantó las manos señalando hacia él murmurando algo que reverberaba misteriosamente. El escaso vello de los brazos de Áquil se erizó, notaba una concentración de magia rodeando a la chiquilla, una magia que no conocía y eso empezó a asustarle.

-¿Qué estás haciendo? ¡Detente, Shalot!

Y la vida poco a poco fue escurriéndose por entre los poros de su piel. Se sentía mareado, todo el bosque daba vueltas a su alrededor, incluso la rama donde estaba parecía vibrar. No tardaría en perder el equilibrio y caer. Cogió uno de sus puñales por la hoja y apuntó hacia ella. Las fuerzas le iban abandonando y justo antes de caer, consiguió lanzarlo.

Shalot ni se inmutó cuando el cuchillo se clavó en el hombro de Jullian, que saltó interponiéndose en su trayectoria. Ella seguía con las manos fijas, puestas en la dirección de Áquil, el que cayó, con un sonoro golpe, sobre la hojarasca que recubría el terreno.

-Quiero tu sangre, Jústicar. Quiero que me digas dónde se encuentra el Corazón.

Shalot se acercó a Áquil y le tocó la cabeza. El cazador tenía cada vez más blanco su otrora oscuro cabello, en cambio, a ella, con cada gota de la energía vital que absorbía del cazador, se le iba oscureciendo.

-Ya sé donde os escodéis. Ya sé muchas cosas sobre vosotros. ¿Vas a decirme dónde está el corazón? ¿O tengo que terminar contigo?

-¡Nunca!- gritó desesperadamente.

-Muy bien. Jullian, mi león, ¿puedes ayudarme? Levanta al pajarito.

El guerrero se sacó sin contemplaciones el cuchillo, lo tiró al suelo y se acercó a Áquil, lo cogió por el cuello y lo levantó.

Estaba casi sin fuerzas, no podía resistirse ni presentar batalla.

-Es una pena que vayas a morir sin conocer a tu hijo. ¿Cómo le ibas a llamar? ¿Orel?

Así que era aquello, Shalot le estaba robando todo lo que él sabía a través de su energía vital. La única forma de poder escapar estaba en romper su concentración. Pero ¿Cómo?

Y como si de un milagro se tratase, una rama se partió, cayendo justo encima de Shalot. Jullian, demostrando unos reflejos perfectos, soltó de un empujón a Áquil y saltó hacia Shalot para evitar que sufriese daño.

Y así el hechizo se rompió. Áquil empezó a recobrar muy lentamente las fuerzas, pero lo suficiente para poder escapar de aquel lugar. Corrió, coje

ando primeramente, y algo más rápido tras unos segundos, su espalda se abultó y su camisa se rasgó en mil pedazos cuando sus emplumadas alas blancas emergieron de su espalda. Alzó el vuelo esquivando las ramas de los árboles.

Jullian, una vez asegurado de que Shalot se encontraba bien, cogió el cuchillo que se había quitado y lo lanzó contra Áquil.

-No importa. Ya sé lo que quería saber- Shalot se levantó, su pelo era completamente negro, como el de Áquil- Para llegar hacia el Corazón de Árilan debemos llegar antes a La Piedra.

-Pero va a escapar y puede alertar sobre nosotros.

-Va a estar demasiado ocupado volviendo a esconder a su pueblo. Ahora ese pajarraco no nos importa. Debemos centrarnos en cómo hacerte rey.

Shalot se puso de puntillas y le dio un apasionado beso a Jullian.

Y en lo alto de un árbol, justo al lado de una rama rota, estaba sentado, mirando curioso toda la escena, un niño gato.

-Ha estado demasiado cerca.

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23
Apr

Especial Sant Jordi

   Publicado por: arilan en Uncategorized

Este post está completamente fuera de la trama que se publica en este blog cada miércoles. Sólo quería celebrar con vosotros el día de la rosa y el libro, o sea Sant Jordi … Así que aquí os dejo con mi particular Historia de San Swan ;) . Disfrutadla.

 

Y se cuenta una historia, entre la gente del pueblo llano, que se remonta a tiempos del primer Gran Rey Remus, el benevolente. Una época en la que la gente vivía feliz;  sin miedo a despertar y no tener que llevarse un trozo de pan a la boca; sin miedo a expresar su opinión sin perder la cabeza por ello; en definitivas cuentas, sin miedo.

Pero como en todas las historias, si se trata de una historia que se precie, debe haber una sombra que oscurezca la felicidad. Y esa sombra llegó sobrevolando las nubes, envuelta en llamas y en fieros y aterradores rugidos.  La bestia era descomunal, poseía cabeza coronada con negras espinas y armada con afilados dientes, dentro de un hocico, que rezumaba un extraño y viscoso suero negruzco.  Su cuerpo, protegido con duras escamas verdes, negras y alguna que otra amarilla, medía, aproximadamente como diez caballos de carga, de los grandes, de los más grandes. Y en su lomo, dos alas, membranosas, que abiertas abarcaban casi todo el campo de visión de una persona.

Y así, el miedo, entró en los corazones de la gente de Ciudad Capital, la ciudad más cercana a la montaña donde se había instalado el dragón.

Pero el Rey Remus, caracterizado por su buen juicio y su buen saber hacer las cosas, consiguió que uno de sus magos se pusiese en contacto con la mente del dragón.

Y este, demostrando una capacidad de raciocinio digna de un humano, o incluso de uno de los híbridos que habitaban la ciudad, dijo:

“No os molestaré si vosotros contentáis mi apetito. Cada semana, con cada cambio de luna, quiero que dejéis en la entrada de mi cueva a una persona de vuestro pueblo. El como la escojáis me trae sin cuidado. Pero excluid a aquellas que no alcancen los cincuenta quilos, pues serían solo un aperitivo y volvería a tener hambre antes del cambio de luna, y también a aquellas que sobrepasen los ciento cincuenta quilos, pues uno, pese a tener un hambre voraz, quiere cuidarse, y esas personas, rellenas de colesterol están”

Con las palabras del dragón aún en su mente, el Rey proclamó un nuevo edicto. Cada lunes, al salir el sol todo el mundo debería coger una piedra de la urna colocada en la plaza de central. Aquel que sacase la piedra roja, tendría todo el día para despedirse de sus personas queridas y cuando el sol comenzase a descender, sería enviado a la cueva del dragón…

Las buenas gentes de Ciudad Capital accedieron sin rechistar, sin hacer ningún grupo llamado “Los Rebeldes”, que luchasen en contra de su monarca y sus decisiones, por qué si por algo son conocidos los habitantes de Ciudad Capital, es por el amor que profesan hacia sus reyes…

Y un día, la piedra roja se colocó en una mano que no debía, o al menos eso decía el Rey. Shalot, su hija, la princesa de Árilan, había cogido la piedra y por ello sería sacrificada… Durante todo el día, el Rey Remus lloró la inminente perdida de su flor más preciada, pero Shalot, dura como el diamante y, posiblemente, la mujer con más valor de todo Árilan, aceptó su destino y sin avisar, ni despedirse, cogió una espada y se marchó a la cueva del dragón.

Pero como una historia sin un héroe, tampoco es una buena historia, en aquel fatídico día, y por propia voluntad, sin que ningún niño mitad gato se lo dijese, sobrevolaba el cielo un pajarito de nombre Swan. Un fuerte caballero, armado con una afilada pero ligera espada y vestido con una liviana armadura que le permitía, a sus fuertes y emplumadas alas, mantenerlo en el aire.

Y Swan llegó justo en el momento en el que el dragón sacaba su fiera cabeza por la entrada de la cueva que había alquilado como morada.

La princesa Shalot miró con detenimiento a aquel ser alado. Se detuvo contemplando su afilada mirada y sus perfectos rasgos aguileños. Se deleitó tanto con Swan, que ni se percató de que el dragón lanzaba una fuerte llamarada contra ella.

Swan, demostrando una perfecta maestría en el vuelo, giró y giró, esquivando el fuego de dragón, por todo el mundo sabido que era una de las armas más mortíferas de todo Árilan, cogió a Shalot por debajo de los brazos y remontó el vuelo.

-¿Quién eres? – preguntó la princesa.

El joven alado se posó sobre un promontorio en la montaña y dejó suavemente a la princesa en el suelo.

-Mi nombre es Swan y he escuchado que en estas tierras se ha asentado un dragón. ¡Y por El Bufón! ¡Que pienso dar caza a ese malnacido que acabó con la vida de mi hermano Orel!

Shalot miró al caballero. Sus emplumadas alas lo delataban cono miembro de los Justicars. Su voz, llena de fuerza, parecía un trueno y la fiereza de sus ojos eran los rayos.

-¿Y vos, mi doncella?

-Yo soy…- Shalot decidió omitir ciertos aspectos acerca de su persona- Soy Shalot, el nuevo sacrificio para el dragón.

-¿Y venís a esperar la muerte con una espada?

-Si, por que no es mi muerte a la que aguardo. Ese lagarto no verá la luz de un nuevo día…

-Me agrada vuestro coraje- dijo Swan mirándola a los ojos.

Y el viento sopló cual huracán embravecido. El dragón alzó el vuelo por encima de donde se encontraban ellos. Sus ojos amarillentos miraba fijamente a sus enemigos. En ellos había inteligencia, astucia y extrañamente nada de maldad.

-¿Por fin alguien se ha atrevido a plantarme cara?

Swan volvió a agarrar a Shalot, esta vez más íntimamente, y emprendió de nuevo el vuelo.

-¡Prepárate a morir, maldito bastardo!- gritó Swan con todo el ímpetu que sus pulmones le permitían.

-¡Por toda la gente que has matado!- Shalot empuñó la espada hacia el mostruo, mientras Swan la imitaba y arremetían desde lo alto.

El dragón, que a todo esto, respondía por el nombre de Pitisuis, pareció arquear una de sus escamosas y petreas cejas, mientras por sus pensamientos circulaba “¿En serio van a atacarme con esos pinchos?”

Y ambas espadas se hundieron en la coraza del dragón. Él no sintió nada, ni tan siquiera como si le hubiese picado un molesto insecto, pero aún así gritó. Profirió un alarido que rompió todos los cristales de Ciudad Capital y emprendió un descenso en picado.

¿Tan fácil había sido derrotar al dragón? Se preguntó internamente Swan, que aterrizó donde se suponía que había caído el cuerpo del gran lagarto.

-¿Dónde está? ¿Le hemos matado? – Shalot miraba nerviosa el lugar. Era imposible que un cuerpo tan grande hubiese desaparecido. A demás, también era imposible que hubiesen acabado con el dragón de aquella forma tan rápida.

-Un momento, ¿Qué es eso?

Swan señalaba un punto rojo y verde en la distancia. Allí había un matorral con las flores más hermosas que nunca habían visto. Eran de un color rojo apasionado, como la sangre, el tallo estaba recubierto completamente de espinas que simulaba el lomo dentado del dragón.

-¿Y si…?

Swan cogió una flor y se la puso en el pelo a Shalot, ambos se miraron y como en todas las historias de caballerías, tiene que haber un beso final, se besaron, bajo la atenta y sonrojada mirada de un niño, mitad humano, mitad gato, que jugueteaba, en la gruta del dragón, con una lagartija.

El reptil le miró.

-¿Lo he hecho bien?

El niño gato sonrió.

-¡Muy pero que muy bien!

-¿Y que pasa con la gente que supuestamente me he comido?

El niño rió.

-Pues que ya vuelven a estar en sus casas. No se acuerdan de nada.

-¿Por qué has hecho esto?

Y el niño señaló a la pareja que seguía fusionada en aquel típico y tópico beso.

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18
Apr

Capítulo 19 – La luz por tu mirada

   Publicado por: arilan en Capítulo 19

-Espera que te ayudo a subir.

El Cazador le tendió la mano ayudándola a salvar los desniveles que la caída del meteorito había causado en la geografía de los alrededores de Alten.

“No te fíes de él, mátale”.

-¿Qué? – Shalot lo miraba con cara interrogativa.

-Que te ayudo a subir- el Cazador le tendió la mano.

Su aspecto era imperturbable. Las mismas serias facciones, la misma cálida mirada. Shalot le dio la mano y, al contacto con su piel, se ruborizó.

“No dejes que te engañe con sus artimañas. Mátale”.

¿Qué eran aquellas extrañas voces que parecían nacer en su mente? Él no había abierto la boca. ¿Sus pensamientos le decían que lo matase? ¡Él le había salvado!

“Te esclavizará, te violará, te usará, mátale”.

“¿Quién eres?”- pensó, por si podía comunicarse con aquella voz-. “¿Qué quieres?”

“Tu salvación, no te fíes de él”.

-¿Me escuchas? – El Cazador la miraba.

-¿Qué?- dijo Shalot algo atontada-. Disculpa, tengo la cabeza un tanto…

¿Por qué no se atrevía a decirle la verdad? Tenía que contarle que una voz le decía que lo matase. Pero decidió callarse, y sabía bien el motivo. Tampoco se fiaba del todo de él.

-Te decía que todavía tardaremos unos dos días en llegar a mi pueblo. ¿Estás cansada?

-Solo un poco. Dime ¿Por qué me ayudas?

El Cazador arqueó una ceja.

-¿Por qué no iba a ayudarte?

Shalot sentía que era imposible que él, su salvador, quisiese hacerle daño. En su voz había pureza.

-No entiendo tu pregunta- continuó seriamente el cazador-. Te llevo a mi pueblo porque no tienes a donde ir, ¿me equivoco?

-No…

-Tranquila. Allí te cuidarán bien, a demás, mi gente debe saber lo que ha sucedido en tu pueblo.

Shalot cerró los ojos y volvió a sentir el calor del fuego. Volvió a ver las casas abrasadas y destruidas, los cuerpos calcinados de sus vecinos y finalmente recordó a las niñas que celebraban, aquel fatídico, día su “Changelsten”, donde en lugar de transformar la infancia por la madurez, cambiaron la vida por la muerte.

-Vamos a descansar. Se está poniendo el sol y no es seguro atravesar el bosque.

-Como quieras – dijo Shalot, mostrándose sumisa, diciéndole, no explícitamente, que no pretendía ser una carga.

Entre los dos prepararon una hoguera, donde asarían el conejo que él había cazado segundos antes, donde se calentarían y donde permanecerían a salvo de las fieras.

-Todavía no me has dicho cómo te llamas.

-No me lo habías preguntado- dijo el cazador con su misma seriedad-. Soy Áquil.

-Yo, Shalot.

El no volvió a responder y ella lo miró detenidamente. ¿Por qué se sonrojaba cuándo lo veía? En una situación así, ni tan siquiera debería estar pensando en enamorarse. Pero, aunque fuese frío y distante, él la había salvado, le debía su vida.

-Será mejor que te duermas, Shalot. En cuanto salga el sol, retomaremos el camino.

-Como desees.

Shalot cerró sus ojos y apoyó su espalda en un árbol. Estaba agotada, aunque nunca se lo hubiese reconocido. No tardó en dormirse.

Un rugido la despertó. Abrió los ojos asustada. El Cazador no estaba, aunque no estaba ni tan siquiera el fuego que habían hecho, ni el bosque donde estaba. Estaba en mitad de la oscuridad, sola. Y el rugido se volvió a repetir.

Se dio la vuelta, giró repetidas veces buscando el origen. ¿Un León?

Un hombre se le acercaba. Envuelto igualmente en la oscuridad, aunque parecía relucir. Era fuerte, más musculado que su cazador. De larga melena dorada, semejante a un león. Vestía lujosos ropajes, dignos de un rey. Llegó hasta ella, y en silencio se arrodilló, le cogió de la mano y le dio un beso. Shalot se sonrojó y se miró la mano. Tenía un maravilloso y despampanante anillo con un gran rubí, y ya no vestía sus ropas de campesina, sino un vestido de sedosas telas brillantes, ribeteado en oro y piedras preciosas. Sobre su cabeza reposaba una tiara de oro blanco que recogía su pelo hacia atrás.

“Este es tu futuro, Shalot. Mátale y serás reina, la Reina de Árilan”

¿Ser reina? Ella no quería ser reina, solo quería ser feliz.

Y el hombre que parecía ser rey explotó en mil pedazos, dejando en su lugar una silueta humanoide hecha completamente de luz, y ese ser, que le asustaba, era el origen de la voz de su interior.

“No tienes elección, pequeña. Tú naciste para servirnos. Tu destino, marcado por la sangre de nuestra llegada, es llevarnos hacia el corazón de Árilan”

Shalot estaba petrificada y miraba a aquel ser con los ojos abiertos de par en par.

“Eres nuestra, Shalot. Y nadie podrá cambiarlo. Nos servirás, nos conducirás hacia el corazón, y nosotros le mataremos”

El hombre de luz empezó a contorsionarse sobre sí mismo, retorciéndose, alargándose. Y como un rayo de luz, se dirigió a toda velocidad hacia Shalot. Se adentró por sus pupilas, se incrustó en lo más profundo de su ser.

“Te hemos encontrado, no temas pequeña. Nosotros te daremos el poder para hacer grandes cosas”.

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11
Apr

Capítulo 18 – Consenso

   Publicado por: arilan en Capítulo 18

                Nunca le había gustado mucho mostrar su rostro. Él la había creado tan sumamente hermosa que cualquier humano caería presa de la locura si conseguía mirarla directamente. Por ello casi siempre iba tapada con su capucha azul oscura, como el cielo nocturno. Frenaba, de esa forma, su arma más letal, más incluso que su espada, con la que segaba las vidas de los mortales.

En Árilan se la conocía como “El Demonio”, el poder que gobernaba sobre la muerte, la que quitaba la vida que “El Bufón” otorgaba. Solo por eso, la consideraban malvada.

Pero no era así. Disfrutaba con su trabajo, no podía negarlo, pero ese era su cometido y sin ella, por mucho que a la gente no le gustase, el bien amado Bufón, su íntimo amigo y su más odiado enemigo, no podría hacer su trabajo. Y aquel día, el día en que cayó del cielo la luna roja, se sentía más poderosa que nunca. Se había alimentado de las prematuras almas e Alten, de todo el pueblo. Se sentía eufórica y lo mejor de todo, con ganas de más.

-¡Estas contenta! – El Bufón la miraba encaramado a las altas ramas de un árbol-. Menudo festín te has tenido que pegar con lo sucedido en Alten.

Ella lo miró, se retiró la capucha y sonrió. De tez morena, como tostada por el sol y melena larga, ondulada y de un color más oscuro que la propia oscuridad. Sus ojos dorados miraban fijamente a su hermano mayor.

-¿Y a que has venido? ¿A que me dé una indigestión?

-¡Nah!, solo me preocupaba por mi querida hermanita pequeña.

El niño gato saltó de la rama y cayó en pie.

-Pues no tienes de que preocuparte. Estoy bien.

Y una puerta se abrió de un árbol y apareció “El Sabio”, encorvado, andando apoyándose en su retorcido bastón, ocultando también, y como de costumbre, su aspecto baja una gruesa capa marrón.

-¿Seguro que estás bien?- dijo con su etérea voz que parecía provenir de todas partes.

-¿Tu también? ¿Por qué no lo voy a estar?

-Pues porque no te has dado cuenta de nada- TT se sentó en el suelo y se cruzó de piernas-. Estás demasiado extasiada.

-Theo tiene razón- increpó El Sabio-. Obnubilada por las muertes que esa estrella roja ha provocado.

-¿Y de que tenía que haberme dado cuenta?

-¡De la guerra que se avecina!- dijo “El Guerrero” que había aparecido apoyado en un árbol.

-¡Mira, hermanita! Si hasta él se ha dado cuenta.

-¡Eh, que quieres decir!

-Oh, nada, nada- dijo riendo TT.

“El Demonio” los miró enfadada.

-¿Habéis venido a faltarme al respeto?

Y finalmente apareció el último poder que faltaba, “La Bruja” posó su mano sobre el hombro de su hermana.

-Tranquilízate, Deirdre. Sabes que ellos tienen razón.

-¿Tu también?

Theodore Thomas Towsend, el mayor de los cinco, dio un paso al frente. Su cara se volvió seria mirando fijamente a su hermana.

-El equilibrio se ha roto con la luna roja. No nos vas a hacer caso, no en tu estado… Solo puedo hacer una cosa…

El silencio se hizo en el bosque. El viento continuaba soplando y meciendo las ramas de los árboles, pero sin sonidos. Un cuervo graznaba, aunque de su pico no emergía sonido alguno.

El Bufón miraba a un punto indefinido, como ausente. Sus pupilas gatunas empezaron a brillar, hasta que sus ojos, al completo, emitieron una luz cegadora. Todo el emitía una sacra energía. Pero no era suficiente. Tenía que hacer un esfuerzo mayor. Abrió la boca y extendió los brazos y en un instante, era él el que estaba completamente envuelto en luz.

Sus hermanos tuvieron que escudarse del resplandor, si hubiese sido noche, la luz hubiese emulado al día y si hubiese sido día, la luz del sol hubiese sido eclipsada por aquel místico resplandor.

Deirdre gritó y sus ojos, durante unos segundos, se volvieron azules, de su boca, como si su aliento hubiese adquirido una débil solidez, surgió una fina hebra que se mezcló con la luz que emitía TT.

Cuando ambos se apagaron, cayeron de rodillas al suelo. Con aspecto cansado, ambos se miraban.

-Hecho…- a TT le costaba hablar-. El equilibrio ha sido restaurado.

-¡Que has hecho, maldito gato!

-Lo que tenía que hacerse. Dentro de nueve meses habrá un montón de nacimientos- dijo sonriendo forzosamente.

-¡Esas almas eran mías!

El Sabio se acercó a ella.

-Como todas las de Árilan, hermana. Pero no había llegado la hora de que volviesen a ti.

Deirdre señaló a TT con su brazo. La palma de su mano se abrió, como una herida de la que no salía sangre, y emergió la hoja de su espada. La agarró fuertemente y embistió contra el mocoso.

El resto de poderes ni se inmutó, permanecieron en su sitio contemplando como “El Demonio” hundía su espada en el cuerpo de “El Bufón”.

-¿Qué voy a hacer contigo, hermana?

TT los miraba nuevamente encaramado en el árbol.

Deirdre sacó la espada del tronco hueco que creía que era su hermano.

-¡Maldito seas!

La Bruja miró al guerrero.

-¿Es que nunca podemos tener una reunión familiar sin que tenga que llegar la sangre al rio?

-Déjales que se peleen. Me gusta verles enfrentarse.

El sabio volvió a hablar.

-Lord Sito, a ti te gustan todas las peleas, hermano.

-Si es que Él os hizo demasiado impacientes. Esa luna roja traerá a Árilan todos vuestros mayores deseos, todos los vuestros, menos los míos- TT los miraba serio-. En esa luna viajaban seres más allá de nuestro control. Seres que no cambian, seres que no sienten, ni piensan y, aunque no lo creáis, no mueren.

Los cuatro poderes que seguían en el suelo callaron.

-Acaban de llegar y no sabemos lo que quieren, pero intuyo que nada bueno. No podemos esperar que vengan en son de paz cuando su llegada ha traído tal destrucción.

Deirdre parecía algo más calmada. Empezaba a reconocer que aquel subidón de almas la había cegado, y que, que su hermano se las arrebatase, la había encolerizado. Nunca debía haber empuñado su espada contra él, pero era tan orgullosa que nunca le pediría perdón.

-¿Y qué se supone que debemos hacer?

-Nosotros, no podemos hacer nada. Ya sabéis sus órdenes. Nada de interferir. Pero, por otro lado, no nos ha prohibido jugar al ajedrez, ¿no?

“El Sabio” emitió una tétrica carcajada.

-Y nosotros debemos elegir con que piezas debemos jugar, ¿no?

TT sonrió a su hermano.

-Veo que me vas entendiendo. Elegid vuestro guerrero, vuestro paladín, como queráis llamarle. Preparadle, pues la guerra- TT desvió su mirada hacia Lord Sito-, y está guerra no va a ser buena,  la guerra se avecina. Dejemos que ellos piensen que Árilan está indefenso, dejemos que muestren sus cartas.

-¿Y si sale mal? ¿Y si no podemos detenerles?- “La bruja” los miraba, uno a uno.

-Si sale mal, habremos perdido, lo mismo que si no hiciésemos nada.

Y por primera vez, tras siglos, los cinco hermanos, los cinco poderes de Árilan, llegaron a un acuerdo.

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4
Apr

Capítulo 17 – Semilla Sembrada

   Publicado por: arilan en Capítulo 17

Las mujeres de Harden se habían ocultado en las catacumbas de la iglesia. Con la muerte de todos sus hombres temían la llegada de fogosos caballeros buscando saciar sus impulsos.

Todas miraron inquisitivas a Jullian y a Jullius cuando bajaron acompañados de Andrómeda. Y la mujer más vieja, andando apoyándose en su bastón se dirigió a recibirles con cara de pocos amigos.

-¡Se puede saber qué es esto! ¿Qué hacen estos hombres aquí? Pensaba que tenías más sentido común Andrómeda.

-Abuela, vienen a ayudarnos.

Los gemelos miraron la situación. Había al menos doscientas mujeres, unas lloraban desconsoladamente, otras consolaban a las plañideras, había niñas, unas sentadas con caras tristonas y otras, inconscientes sobre lo que había pasado, correteaban por el lúgubre lugar.

-Si me disculpa, señora, me llamo Jullius y soy…

-Ya sé quién eres. Emisario del gran Rey Remus- interrumpió la vieja-. Vuestros lujosos trajes os delatan. No tenéis nada que hacer aquí. Nunca le hemos preocupado a ese tirano, ¿A qué viene ahora esta preocupación? Marchaos por dónde habéis venido.

-Cuida tu boca, vieja insolente.

-¿Qué cuide mi boca? Cuida tú de tu mente y empieza a pensar por ti mismo, o siempre serás una marioneta de ese al que llamas “Su Majestad”.

-Señora, Jullian, por favor…

-Abuela, en serio, ¿es que no ves en la situación en la que estamos?

-¿Es que no la ves tú? Un grupo de mujeres indefensas, esperando a que nos lleven a Ciudad Capital, a que nos arranquen de nuestras tierras. Y si nos quedamos, oh si nos quedamos, esperaremos a que los valientes hombres del rey – señalando a Jullian- vengan a plantar a la fuerza su semilla en las más jóvenes alegando que deben repoblar Harden de varones fuertes que nos protejan…

El resto de mujeres miraba la discusión sin atreverse si quiera a contradecir a su anciana guía.

-Es usted difícil, señora- dijo Jullius- Puesto a que rechaza tan insistentemente nuestra ayuda, permítanos al menos poder pasar la noche aquí. Partiremos al alba, en cuanto el sol despunte sus primeros rayos.

La anciana miró a Jullius con dureza.

-Harden ya no nos pertenece. Podéis acampar en las casas, en la que queráis. Pero no entre mis mujeres.

La vieja miró con la misma severidad a Andrómeda.

-Y tú, puedes hacer también lo que te plazca, pero una cosa te digo, no vuelvas a comprometer la seguridad de tus hermanas. ¡Entiendes!. Ahora saca a estos hombres de aquí.

-Como quiera abuela.

Andrómeda se llevó de vuelta a los hermanos hacia el pueblo. Escogieron una casa al azar y abrieron la puerta.

El interior estaba impecable, salvo por el charco de sangre que empezaba a coagularse en el suelo. Las camas estaban hechas, los platos fregados, comida colgada por el techo de la cocina, como si sus habitantes hubiesen abandonado a toda prisa la vivienda.

-Muchas gracias Andrómeda, siento haberte causado tantos problemas.

-No te preocupes. Estaré bien.

-Creo que me iré a dar una vuelta. Os dejaré solos, tortolitos, a lo mejor tú tienes suerte y puedes hincársela, hermanito.

-¡No seas imbécil!- profirió Jullius mientras Jullian salía.

La noche le daba cobijo. No sentía miedo mientras se movía por aquel pueblo abandonado, ni siquiera sabiendo lo que allí había pasado, aunque realmente no lo sabía. ¿Tendría algo que ver la luna roja con la muerte de todos los hombres de Harden? Y si era así ¿Estaban él y su hermano a salvo?

-Seguro que esa luna volvió a todas esas furcias locas y ellas los mataron a todos- dijo sonriendo.

“Te buscabamos”

Jullian miró a izquierda y derecha buscando al que había dicho eso.

-No puede ser que esta mierda de pueblo me esté afectando.

“Encuéntrala, encuéntrala…”

-¿Otra vez? ¿Quién eres? ¡Sal de una puta vez y dime las cosas a la cara!

El viento nocturno, sumado al silencio, erizaba el bello de Jullian.

-¡Jullius, esto no tiene ni puta gracia!- dijo desenvainando su espada.

“Él te va a frenar. Deshazte de él. Encuéntrala”

Jullian siguió avanzando aunque la voz parecía venir de todos los lados.

“El te va a traicionar por ella, deshazte de él. Encuéntrala”

-¡Maldita sea!, ¡Da la cara cobarde!

Y un pedazo de noche pareció implosionar. Justo delante suyo apareció una figura hecha completamente de luz, aunque solo parecía iluminar su propia figura. Se movía lentamente, meciéndose con el viento. Jullian no podía distinguir ni sus ojos, ni su boca, hubiese jurado que tenía forma humana, pero nunca hubiese apostado su vida en ello.

“Encuéntrala”

Jullian se quedó embobado mirando hacia aquel ser. ¿Qué era aquello? Estaba tan ensimismado que ni se percató que alguien se había acercado y lo contemplaba todo.

-¡Aléjate de él, soldado!

La vieja miraba con la misma fuerza con la que los había echado hacia Jullian y su etéreo acompañante.

“Mátala”

Jullian se giró y miró a la vieja empuñando su espada.

-¡Huye soldado! ¡No caigas en…!

Jullian hundió su hoja en el cuerpo de la vieja.

-El… El fin de… Árilan…

“Mata a tu hermano, él te traicionará, encuéntrala, sálvala de él”

Jullian sacó la espada del cuerpo de la vieja. Tenía los ojos abiertos de par en par y en su interior la luz  de aquel ser se había incrustado. Su mente estaba ausente, tan fuera de sí que no escuchó, tampoco, la llegada de Jullius y Andrómeda que miraban incrédulos la escena.

-¡Jullian!, ¿qué has hecho?

-¡Abuela! – Andrómeda corrió hacia el cuerpo agonizante de la vieja.

-La… Luz, los…hombres,.. ellos lo vieron- dijo la anciana exhalando su último aliento de vida.

Y mientras Andrómeda lloraba la pérdida de su abuela los gemelos entraban en batalla.

Sus espadas chocaban con fuerza. Jullius no entendía lo que le estaba pasando a su hermano. Él no era un asesino, no podía creer lo que había visto. ¿Qué era aquel ser que relucía sin dar luz?

-¡Jullian!

“Mátale, encuéntrala, sálvala de él”

El sol empezó a despuntar. Había llegado el alba. La luminosa figura empezó a desaparecer y Jullian en un último ataque desesperado lazó una brutal estocada contra su hermano.

El acero de su hoja acertó en el hombro del brazo de Jullius con el que sostenía la espada. La dejó caer mientras en su cara se dibujaba una mueca de dolor. Estaba perdido, su hermano iba a matarle.

Jullian levantó la espada, con un golpe le cortaría la cabeza. Y cuando fue a darle el golpe de gracia, Andrómeda le empujó y ambos perdieron e

l equilibrio.

El sol ya había salido por completo. No había rastro del ser de luz. Jullius, arrodillado, intentó moverse hacia su hermano y Andrómeda. Si no conseguía llegar hasta ellos, la mataría.

Jullian se levantó dándole un empujón a la chica. La miró, la luz de sus ojos parecía haber desaparecido, luego miró a su ensangrentado hermano que no hacía más que gritar “Jullian, detente”. A escasos metros estaba el cuerpo de la vieja, muerto por una herida de espada. Miró su hoja, todavía la sostenía, y vio que estaba

ensangrentada. ¿Él?
Jullius miró de nuevo a su hermano. Cada vez tenía menos fuerzas, la herida era profunda y el veneno con el que untaban sus armas era rápido. La vista se le nublaba. Cayó al suelo y lo último que vio fueron las piernas de su hermano, alejándose a toda prisa.                -¡Qué…!

Y en la mente de Jullian solo se repetían las mismas palabras “Encuéntrala, sálvala de él”.

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29
Mar

Capítulo 16 – Almas gemelas

   Publicado por: arilan en Capítulo 16

Jullian y Jullius, los protegidos del Rey Remus, tan fuertes y bravos, tan valientes y osados. Diestros con la espada, hábiles en la lucha cuerpo a cuerpo, los perfectos guerreros.

Entrenaban de sol a sol en el patio del castillo junto a sus compañeros, el resto de aspirantes a entrar en la guardia real y, como todos, vivían anhelosos de aventuras y ocasiones de poner a prueba su valor.

Eran hermanos, gemelos, completamente idénticos, aunque si alguien se hubiese fijado bien, hubiese visto la gran diferencia que existía en sus miradas. Jullian era apuesto, más que Jullius, y se consideraba más fuerte que su hermano. Tenía el pelo corto, rubio brillante y un cuerpo robusto para su edad. Jullius en cambio, pese a ser físicamente igual que Jullian, tenía la chispa de bondad en su mirada que era sustituida por malicia en los ojos de su gemelo.

-Fíjate hermano, esta puede ser nuestra oportunidad de dejar esos tediosos entrenamientos.

Jullius miró a Jullian. Ambos iban cabalgando. Se dirigían, por orden directa del Rey Remus, hacia Álten, donde al parecer había sucedido algo inesperado. No sabían que tenían que buscar, solo les habían dicho que informasen de todo lo que allí sucedía.

-Solo es una misión de reconocimiento, Jullian. ¿Esperas que el rey te ascienda a caballero por esto?

-¡Por supuesto! ¿Por qué si no nos habrá enviado a nosotros? Seguro que hay algo más, seguro que no solo tenemos que hacer de observadores- Jullian sonrió a su hermano- ¿Por qué iba a desaprovechar a sus dos mejores guerreros en una misión de reconocimiento?

-Pues yo, en cambio, pienso que nos ha enviado a nosotros porque somos prescindibles. Solo somos dos aprendices y si algo nos pasase seríamos rápidamente sustituidos en la escuela.

Jullian era el ambicioso de los dos. Mientras que Jullius se conformaba con ir meditando las decisiones que debía tomar, Jullian se dejaba llevar por sus instintos e imaginaciones. En sus sueños, Jullian, se veía como el próximo monarca de Árilan.

Llegaron a Harden, el poblado donde debían descansar según los planes que su comandante les había facilitado. Todavía quedaban cinco o seis horas de camino hacia Álten.

Harden era un pueblo rústico. De casas bajas de piedra, madera y paja. La gente se alimentaba del fruto de sus campos de cultivo, sus granjas y de las mercancías que lleva un mercader itinerante que frecuentaba el pueblo. Había pasado el medio día y pese a que las gentes de Harden no eran jubilosas y dicharacheras, el silencio que se respiraba por las calles les inquietaba.

Jullius miró a su hermano.

-¡Hola!, ¿Hay alguien?- gritó enérgicamente Jullian.

Nadie respondió.

Ambos se bajaron de sus respectivos caballos y andando los iban arrastrando por las riendas.

-Esto es muy extraño, hermano- Jullius se acercó a una de las casas a mirar por la ventana.

Estaba vacía.

-Es como si todos hubiesen huido del pueblo.

Jullian afinó el oído, creyó escuchar unos ligeros pasos.

-¡Jullius, el caballo!- dijo tendiéndole las riendas y salió corriendo perdiéndose entre unas pedregosas callejuelas, por donde había escuchado los pasos.

Jullius se quedó parado, sujetando los dos caballos. Los ató en un poste y siguió a su hermano. Siempre se metía en problemas y siempre tenía que terminar ayudándole. Cuando dobló la esquina se lo encontró forcejeando, en el suelo, con una muchacha que se movía inquieta intentando librarse de su captor.

-¡Estate quieta, fiera!

La chica consiguió soltarse de un brazo y con las uñas, como si de una garra se tratase, arañó a Jullian en la cara. Este, enfadado, alzó la mano para arrearle soberano bofetón, si no se calmaba por las buenas, lo haría por las malas, pero Jullius le agarró con fuerza de la muñeca.

-No.

La chica los miró. Tenía una afilada mirada verde, casi salvaje. No era del todo hermosa, pero poseía un encanto natural que irradiaba por cada poro de su piel.

-¡Dejadme, malditos!

-Jullius, esta zorra merece un escarmiento. Quizá…

-No digas tonterías. No le pondrás la mano encima a ningún inocente, no mientras yo esté aquí- Jullius devolvió la mirada a la chica, que aproximadamente debería tener su edad, o quizá algo más joven-. Ahora tú, vas a calmarte, nos vas a decir quién eres y que sabes del paradero de la gente de Harden.

Ambos se miraron, ella emitía odio a través de sus ojos y Jullius, su mirada fuerte pero bondadosa.

-Me llamo Andrómeda. Soy de aquí, de Harden y …

Jullian aflojó a su presa. Si no hubiese estado el santurrón de su hermano se hubiese divertido con aquella chica. Disfrutaba cuando se hacían las estrechas.

-Y ahora vas a decirnos donde está toda la gente.

Andrómeda se levanto y se atusó su rústica ropa mirando con ciertos aires de soberbia a Jullian.

-Tan parecidos por fuera y tan diferentes por dentro, ¿nadie te ha enseñado a pedir las cosas por favor?

-Disculpa a mi hermano. Venimos en misión de reconocimiento, nos dirigimos hacia Alten y teníamos pensado hacer parada en tu pueblo, pero…

-Si, ya, no hay nadie. Están todas…

Los gemelos se mantuvieron expectantes, pero la chica no continuó.

-¿Terminas?

Pero seguía callada. No podía confiar en aquellos extraños y menos cuando uno de ellos había intentado violarla.

-Puedes confiar en nosotros, Andrómeda. Somos emisarios del Rey Remus. Debes contarnos todo lo que haya podido suceder, solo pretendemos ayudar.

-¿Y desde cuándo el su grandiosidad tiene interés en estas tierras?- dijo con cierto tono socarrón.

-¡No seas insolente!

-Jullian, cálmate- Jullius terminó mirando a Andrómeda-. Y tú, no juegues tampoco con mi paciencia, todo tiene un límite. Debes cooperar y decirnos dónde está todo el mundo.

Andrómeda los miró resignada.

-Seguidme.

-¿A dónde?

-A donde me habéis pedido. A donde están los demás, o al menos la mitad del pueblo.

Los tres continuaron andando por las calles del pueblo, no había rastro de ni un alma, ni mujeres, ni hombres ni niños jugando.

-¿Dónde nos llevas?- inquirió Jullian-, ¿Por qué tanto misterio?

-A demás de imbécil, impaciente. Veo que eres un saco de virtudes, ¿eh?

Jullius sonrió disimuladamente.

-Aquí, ya hemos llegado.

Estaban a las afueras del pueblo, justo en la cima de un barranco conocido por los habitantes como La Olla. El foso de un diámetro aproximado de cien metros cuadrados estaba completamente deforestado.

-Asomaos.

-¿Para qué? ¿Para empujarnos?

Andrómeda sonrió.

-Si, claro, como si no tuviese más problemas, voy a matar a dos emisarios  del rey, para que vengan en su búsqueda y … Anda, asomaos, si no os fiáis, me alejo.

La muchacha se alejó y dejó hueco para que los gemelos viesen el panorama.

Apelotonados, unos encima de otros, había una infinidad de cuerpos humanos, manchados de rojo brillante y en algunas zonas algo más oscuras. Era sangre, coagulada, resecándose…

-¡Pero qué cojones!

Jullius miró a Andrómeda.

-¿Qué demonios ha pasado?

Jullian volvió a mirar movido por la morbosidad.

-El demonio se ha dado un buen festín.

Andrómeda lo miró con frialdad y crueldad.

-Ahí están todos nuestros hombres. Padre, abuelos, niños… Todos los varones de Harden han muerto.

-Pero ¿Por qué? ¿Qué habéis hecho? ¡Vosotras…!

-¡Nosotras nada! ¡Ha sido la luna roja! Vino del cielo y de repente…- apretó los dientes intentando aguantar el llanto- todos empezaron a sangrar. Todos cayeron muertos…

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18
Mar

Capítulo 15 – Futuro Incierto

   Publicado por: arilan en Capítulo 15

El Gran y todoporderoso rey Remus, primero en su nombre, con aire majestuoso, miraba desde su balcón Ciudad Capital. El cielo estaba de un azul sereno que invitaba a la reflexión y en la ciudad se respiraba la más absoluta tranquilidad. Algo que él había conseguido gracias a su rectitud, y aunque a veces tenía que tomar decisiones difíciles, nuca se había arrepentido de ellas. Un pueblo no se gobernaba permitiendo que la gente se atrasase en sus pagos, o consintiendo que mancillasen el nombre de la corona. Sabía que decían de él barbaridades, lo culpaban de las penurias que pasaba el pueblo, pero siempre había conseguido sacarlos de situaciones adversas. Había creado escuelas, hospitales, buscado la forma de alimentar a cada pueblo cuando sus llantos no bastaban para regar sus estériles tierras.  Y por todo eso era odiado  y amado. Y a la gente que le amaba, las dejaba vivir tranquilas, pero a aquellos que le odiaban, les separaba la cabeza del cuerpo y las arrojaba al foso, donde el odio no tenía lugar, donde solo habitaba la muerte.

Entró en sus aposentos y miró el gran cuadro que presidía la estancia. Él y su reina, la esplendorosa reina Emer, de ígneos cabellos y esmeralda mirada. Seguía teniendo la hermosura de su juventud, aunque por más que lo intentase evitar, empezaba a notársele el paso del tiempo. En sus brazos sostenía a su pequeña hija, y pese a que él hubiese deseado tener un hijo varón, la pequeña Mary era el centro de caricias y atenciones del rey.

Alguien picó a la puerta.

-¿Su majestad?, ¿Me ha mandado llamar? Soy Hezzel, su oráculo.

El Rey Remus abrió la puerta. Allí estaba su adivino, el maltrecho Hezzel, apoyado en su bastón. Mirándolo de cerca era horrendo, de ojos abultados, dentadura prominente y nariz aguileña, para reírse de él, los demás miembros de la corte decían que El Bufón estaba borracho en el momento de darle la vida. Pero a Remus no le importaba su aspecto, pero si sus poderes. Él había resultado ser uno de los más poderosos oráculos de todo Árilan, como si los grandes Cinco Poderes hubiesen suplido su belleza por aquel maravilloso don.

-Pasa Hezzel y siéntate.

El oráculo, agarrando su bastón se acercó cojeando a una de las sillas que había junto a una mesa. Él siempre cojeaba, pero aquella vez, su cojera, fruto de los nervios, se había visto acentuada. No traía buenas noticias y sabía de sobras el carácter del monarca cuando las cosas se torcían.

-Y dime Hezzel. ¿Qué camino me deparan los Poderes?

Hezzel tragó saliva.

-Uno no muy bueno, su majestad -El Rey Remus arqueó una ceja-. Verá, por mucho que investigo, por mucho que intento ver los diferentes caminos posibles, solo veo sangre, y eso no es bueno.

-Explicate- El Rey Remus miraba seriamente al oráculo.

-Una luna roja nos traerá la sangre. El agua se volverá sangre, nuestras fuentes se secarán y nuestra tierra se agrietará. Todo estará bañado por la sangre. El odio de la gente se avivará y aquellos seres que viven en la tierra y vuelan como aves traerán el final de la corona.

Hazzel tenía los ojos en blanco. Tenía una nueva visión.

-Del cielo vendrá la estrella y con ella nada estará a salvo. Roja como la sangre y ardiente como el fuego. Y traerá consigo a los portadores de luz. Nadie estará a salvo cuando ellos empiecen a moverse y solo un hijo del viento, aquellos que andan por la tierra al igual que vuelan por el aire, será el encargado de salvar al corazón de nuestro mundo. Y ese ser, aquel elegido por los Poderes, terminará con la tiranía de la corona.

Hezzel terminó de hablar. El silencio inundó los aposentos del rey. Se llevó la mano a la nariz y se limpió la sangre que siempre aparecía cuando tenía una visión. Miró al rey esperando sus gritos, sus maldiciones … Pero el Rey Remus había quedado demasiado conmocionado.

-¿Los Justicars?- dijo finalmente mirando a Hezzel.

-Eso parece, su majestad.

-Y esa amenaza…¿no habrá nada capaz de detenerla?

-No. He rebuscado y mirado pero solo uno de ellos será capaz de derrotar a este nuevo enemigo.

-Y si lo permito, también me derrotarán a mí.

Hezzel no respondió. No podía poner en entredicho la autoridad de su rey.

El Rey Remus se sirvió una copa de orujo y bebió un fuerte trago.

-Hay otra cosa, su majestad.

-Dime.

-Todavía no sé por qué, ni cómo, pero la Reina Emer parece ser que debe jugar un papel muy importante en esta historia.

-¿Mi mujer? – El Rey miraba fijamente a Hezzel, el cual se había quedado paralizado mirando a través de la ventana, levantó un dedo y señaló hacia el exterior, con una mueca de auténtico pavor.

El Rey Remus se giró y la sorpresa también hizo presa de él. El cielo se había cubierto de nubes negras, casi rojizas. Un agujero , como si de un tornado se tratase, se había abierto y una intensa luz roja asomaba firmemente.

-¿La luna roja?

Hezzel asintió mientras veían como aquel extraño astro impactaba contra el suelo.

Hezzel empezó a sangrar por los ojos, cayó de rodillas al suelo víctima de unas espasmódicas convulsiones. Paró en seco. Su cuerpo quedó muerto, bañado en sangre, con una mueca más horrenda que la suya propia. El Rey Remus lo miró preocupado.

-La sangre… ¿Por qué todo tiene que empezar así?

Pasó por encima de Hezzel y llamó a sus doncellas para que limpiasen el estropicio que el adivino había creado. En su mente no había sitio para sentimentalismos, y por más que Hezzel le resultase simpático, no era más que un siervo, alguien que trabajaba para él. Ahora solo le preocupaba aquella luna roja. Debía mandar a alguien a investigar, pero ¿a quién?. Se asomó por la venta y vio el patio de entrenamiento donde peleaban dos fornidos guerreros.

-Sí, que vayan los gemelos.

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14
Mar

Capítulo 14 – La Caída

   Publicado por: arilan en Capítulo 14

Alten era un pueblo normal, rústicas casas de madera, gente tranquila y apacible y una prospera economía. Sus habitantes vivían con lo que les daba su fértil tierra, sus animales de granja y con las maravillosas telas que las mujeres habían aprendido a tejer. En Alten rendían culto a La Bruja, el poder de Árilan que gobernaba sobre los cambios y por ese motivo, su celebración más importante era “Changestel”, el día en que se honraba a todas aquellas niñas que se habían convertido en mujeres, y se le ofrecían cestas de frutas, se quemaban las sabanas manchadas por la roja tinta del cambio y se formalizaban acuerdos prematimoniales entre las familias del poblado.

Pero el día de celebrar el “Changestel” de Shalot no había llegado. Tenía catorce años y, pese a que muchachas a su edad ya habían sido madres, ella seguía ostentando el título de “La Niña”. Quizá en otro lugar este hecho hubiese sido un motivo de exilio, de vergüenza, pero las amables gentes de Alten siempre animaban a la joven con cándidas palabras pese a saber que aquello significaba que su interior nunca daría fruto alguno. Y aunque en Alten eran amables con ella, su mente no. Se martirizaba día tras día, no pasaba hora en la que no se acordase de su maldición, si su “Changestel” no había llegado ya seguramente nunca lo haría y aquello significaba que nunca podría tener hijos, ningún muchacho se fijaría en ella y se quedaría sola el resto de su vida.

Los preparativos para la festividad ya habían terminado. Shalot lo contemplaba todo alejada, no quería formar parte de aquello.

Y aunque su situación como la eterna niña era prácticamente lo que más le preocupaba había algo que le aterraba. Casi todas las noches, mientras dormía, un sueño se repetía recurrentemente. Una gran luna roja, chorreando gotas de sangre, ella bañándose en el lago, también rojo y cadáveres flotando. Salía del agua completamente sanguinolenta y se acercaba al pueblo. Allí no había nada, salvo cuerpos abrasados, carbonizados en una mueca de eterno dolor.

Tanta sangre en sus sueños hacía que temiese el día de su “Changelsten”.

Se dirigió al lago, se quitó la ropa y se adentró en las cristalinas aguas. Se soltó su rubia, casi plateada, melena y dejó que el agua se llevase sus miedos. Se sentía en harmonía con el mundo y sus problemas parecían desaparecer. Se sumergió, le encantaba la sensación de ligereza.

Pero aquella vez no estaba sola. Los extraños la miraban protegidos por la falsa seguridad de unos arbustos.

-Tío, está tremenda.

-¡Y encima nadie la ha tocado!

Los muchachos decidieron salir de su escondite, se desnudaron y se fueron más rectos que un tronco hacia el agua donde se bañaba Shalot.

La muchacha emergió del agua y los miró asustada y abochornada por su desnudez.

-¿Qué hacéis aquí?

Shalot salió corriendo, quería nadar a toda prisa hacia la orilla, ponerse su ropa y volver a su casa, pero uno de los chicos la agarró del brazo.

-¿Dónde vas con tanta prisa?

-¡Déjame!

Forcejeó para intentar soltarse de su opresor, pero el otro muchacho, que se había sumergido, surgió a sus espaldas y la agarró íntimamente.

-¡Dejadme! ¡Socorro!

La celebración ya había empezado en el pueblo y nadie solía pasar por aquellos lugares por casualidad.

-Vamos a hacerla nuestra… total sigue siendo una niña.

El que estaba a las espaldas de Shalot le agarró de los pechos con fuerza mientras intentaba hacerse un hueco en su interior.

-No corremos el riesgo de dejarla preñada.

Shalot cerró los ojos mientras las lágrimas se mezclaban con el agua del lago. ¿Era aquello lo que pensaban los hombres de la aldea? ¿Se convertiría en la ramera del pueblo, aquella que nunca daría hijos bastardos? Se dejó llevar esperando que así no le doliese, ni su cuerpo ni su alma.

Y una flecha rasgó el hombro de uno de los violadores.

En la orilla un joven armado con un arco los apuntaba. Era de porte fuerte y gallardo, con el pelo más negro que el azabache y una mirada más ardiente y apasionada que las llamas de los siete infiernos.

-¿Nadie os ha enseñado como se debe tratar a una dama?

El muchacho herido, con la mano ensangrentada cubriéndose la herida rechinó los dientes y le miró con cara de odio.

-¡Hijo de puta! Nadie te ha dado vela en este entierro- dejó a Shalot y corrió por entre las aguas para llegar al defensor de la doncella.

Este volvió a cargar una flecha y sin pensárselo dos veces disparó acertando en el corazón del violador que cayó al redondo al agua enturbiando la cristalina superficie con el rojo de su sangre.

Shalot cerró los ojos, incapaz de ver aquella cruel escena. ¿Cómo podía un hombre matar a otro de aquella forma? Pero aquel hombre era su salvador.

El violador que la sostenía por el brazo la soltó e imitó a su compañero, pero en lugar de acercarse al arquero huyó de la escena. Se sumergió en el agua para evitar ser un blanco fácil y se alejó todo lo que sus pulmones dieron de sí. Pero no fue suficiente. El arquero, como si supiese el momento y la dirección exacta en la que iba a surgir el asáltate, disparó justo en el momento en el que asomaba la cabeza. La flecha le atravesó el cuello.

Shalot no sabía qué hacer, estaba de pie, desnuda, plantada en mitad del agua del lago que poco a poco iba retornando a su cristalino estado. Miró al arquero que se giraba para preservar su intimidad.

-Ruego señorita que me disculpe. Hubiese preferido que no hubiese sido testigo de tal barbarie. ¿Se encuentra bien?

Shalot no sabía que decir. Se tapó sus pechos con un brazo y con otro su fruto del deseo, corrió a recoger la ropa y rápidamente volvió a vestirse.

-Si…si, me encuentro bien… Yo… -No sabía si darle las gracias o salir corriendo presa del miedo.

El arquero miró al cielo. Unas nubes negras de tormenta se habían acumulado tapando el cielo de la noche, afinó su oído todo lo que pudo y dibujó una extraña mueca en su rostro. ¿Por qué el jolgorio de la celebración de “Changelsten” había cesado? Estaban algo retirados de Alten pero aún así, hacía unos momentos, se escuchaban el tronar de los tambores y los gritos de júbilo de los participantes.

Shalot se acercó al cazador y le miró a la cara. Si alguna vez existió el amor a primera vista, Shalot lo descubrió con aquel extraño. Aquellos ojos marrones, casi rojizos, aquella melena negra y su cuerpo fuerte y fornido hicieron sofocar a la joven.

Y sin previo aviso un fuerte viento torció la copa de los árboles del bosque. A ambos les costó mantener el equilibrio pero el apuesto cazador cogió el menudo cuerpo de Shalot y lo acercó hacia él. Ambos se miraron a los ojos, ella con miedo y él con preocupación. El mundo parecía haberse vuelto loco, los pájaros salieron volando al igual que las ardillas, conejos y el resto de animales. Todos abandonaron el calor de su hogar intuyendo lo que estaba por venir.

El cazador volvió a mirar al cielo. Las nubes de tormenta se habían abierto y por el gigantesco vórtice se avecinaba una gran luna roja. Shalot la vio. Su sueño…  El agua del lago reflejaba el color del astro y los cuerpos de los violadores le recordaban a la perfección sus sueños nocturnos.

-¡Alten! ¡Tenemos que avisar a las gentes de Álten!

-¿Qué?- respondió el cazador.

-¡Van a morir!

Y sin aviso, como surgido de la nada, un dolor estremecedor recorrió el cuerpo de Shalot. Se encorvó y chilló llevándose las manos al bajo vientre. Notó como algo resbalaba por su pierna, se llevó la mano y la vio llena de sangre. Había llegado su “Changelsten”.

La luna roja, algo más reducida llegó y una explosión los tumbó, junto con los árboles, las casas de Álten y la realidad de Árilan…

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