La calidez del sol le confortaba. Estaba sentada en su sillón, junto a la ventana desde donde veía toda la ciudad. Toda su ciudad. Ella era la reina Emer, la mujer más importante de todo Árilan, aunque no la más poderosa; los votos de las mujeres de la corte tenían más relevancia que los consejos que ella, tan buenamente, susurraba a su marido. Su papel, como reina y como mujer, solo era uno: alumbrar al próximo monarca de Árilan. Y así había hecho.
Con su mano derecha mecía una cuna de madera donde dormía apaciblemente su primogénita, una hermosa niña de escasa pelusilla rojiza y ceño arrugado. Y eso no era lo que se esperaba de ella. Debía haber alumbrado un varón al que educar para tomar las pesadas riendas de la corona.
Sabía que los consejeros hablaban mal de ella, despotricaban sobre su persona y conspiraban su destitución comiéndole la orejilla a su marido. “No ha sido capaz de daros un hijo”, “Esta reina es solo apariencia, pero nada bueno puede sacarse de ella”. Pero al parecer, aunque entre ella y el Rey no existiese el idílico amor a primera vista, existía el cariño. Aunque ese cariño no era suficiente para evitar que el monarca compartiese también su cama con algunas de las damas de vida alegre.
Cuando lo descubrió, dejó el lecho matrimonial. Se instaló en unos nuevos aposentos donde pasaba casi todos los días, mirando su ciudad por la ventana, confortando su cuerpo con la luz del sol, como si ese calor sirviese para abrigar su, cada vez más frío, corazón.
Pero a medida que pasaba el tiempo, desde el nacimiento de Mary, no encontraba consuelo. Se sentía encarcelada en aquel castillo. Desilusionada pues, pese a ser un matrimonio de conveniencia, siempre había esperado despertar en Remus el amor, o el afecto, que toda joven deseaba. Pero para ella no existiría el ser felices y comer perdices. No, al menos, como ella había esperado.
-¿Por qué te resignas de esa forma?
Sentada en la cama había una mujer. De larga cabellera negra y fríos ojos azules, vestida con un largo vestido de seda negra que dejaba ver unos más que voluminosos encantos femeninos.
-¿Quién eres? – dijo la reina alarmada. Nadie podía entrar en sus aposentos sin su autorización.
-Una amiga…
-¡Guardias!
-¿En serio vas a llamar a la guardia? ¿Sin saber lo que tengo que ofrecerte? Pensaba que tu instinto era más poderoso, Emer. ¿No reconoces a uno de los cinco Poderes de Árilan?
-¡Válgame el cielo! – La reina se arrodilló ante la mujer-. La…
-¡Alto! Mi nombre genérico no es de mi agrado. Se me ha asignado esa etiqueta, pero lejos estoy de ser una bruja, no menos que el resto de mis hermanos. Y entre nosotras, puedes llamarme Lady Bratovitch.
La mujer se levantó y empezó a pasearse, lentamente, por toda la habitación. Miraba el frívolo esplendor por el que se veía rodeada, pasaba el dedo por las estanterías, esperando quizá encontrar una brizna de polvo, pero todo estaba tan limpio que su hermano, El Bufón, hubiese podido comer en el suelo, como tanto parecía gustarle.
-¿Por qué eres tan infeliz? ¿Sabes que eres envidiada por muchas jóvenes, verdad?
-Si, pero la envidia de los demás no es motivo para ser dichosa. Daría mi vida y mi oro por llevar la vida que las mujeres de Árilan llevan.
-Pero tu marido se ha encargado de que muchas de ellas pasen hambre y penurias- La Bruja se acercó a Mary-. Muchas ni si quiera pueden ser madres y algunas, las que lo son, ven como sus bebés mueren de inanición.
La reina se calló. Sabía de la paupérrima situación de los barrios bajos de Ciudad Capital, el único mundo que ella conocía, y se imaginó, por unos momentos, en la situación de no tener nada con lo que alimentar a su pequeña, escuchó sus llantos.
-Pero son libres.
-Libres dices… Son más esclavos que tu y que yo, que nos debemos al cometido que se nos ha asignado. Son esclavos de los señores que les obligan a pagar su idílico estado de bienestar, son esclavos de mi hermana, predestinados a extinguir su bien más preciado, son esclavos de los designios de mi hermano, El Guerrero… Señores a los que rendir cuentas…
La Bruja se acercó a Emer y le acarició el pelo. Su melena ardiente se coló suavemente por entre sus dedos, hasta que al final la tomó por la barbilla y levantó su mirada.
-Pero tú, tú eres diferente. En tus ojos arde la determinación necesaria para llevar a cabo los cambios que deben hacerse.
-¿Qué quieres decir?
-Ya lo sabes, pero no te das cuenta. Todavía no estás lo suficientemente afectada como para percatarte de ello- La Bruja se alejó nuevamente y posó una mano sobre la cuna-. Dentro de poco habrá cambios en Árilan y en tu vida. Y dependiendo de lo que decidas en esta reunión, pasarán unas cosas u otras.
-¿Qué tengo que decidir?
-Vivir, o morir.
-¿Has venido aquí para matarme?- ¿Por qué uno de los poderes de Árilan, uno de los cinco seres más importantes quería matarla?
-No me malinterpretes. Yo no soy quién te matará. Solo puedo decirte que si tú vives, tu hija morirá, mientras que tu vida será la que la salve. – La bruja sonrió-. ¿Qué irónico, no? Tú le diste la vida y ahora será por ella por la que pierdas la tuya.
La reina no sabía que decir. ¿Morir por su hija? ¿Vivir sin ella? Esperaba que aquello fuese una macabra broma del destino.
-Pero, ¿Por qué? No entiendo…
-Lo sé. Es difícil para vosotros entenderlo, no sabes como la vida de una persona puede estar ligada tan fuertemente a otra. Pero antes de nada, antes de revelarte mi misión, has de jurarme, por tu propia vida, que lo que están a punto de escuchar tus oídos no será dicho por tu boca.
-Si de todas formas he de morir, ¿No es un pacto un tanto absurdo?
La bruja sonrió.
-Me encantas, su majestad.
-Pues quién lo diría, siendo portadora de tan negras promesas.
Lady Bratovitch se sentó nuevamente en la cama y cruzó las piernas. Sus ojos se fijaron en los de la reina.
-Dentro de un año, Árilan tendrá un nuevo monarca.
-¿Qué?- dijo con aterrada sorpresa-. ¿Mi marido, va a…?
-¿Qué si va a morir?, no. Pero alguien usurpará su puesto. O por lo menos esas son sus intenciones.
-¿Y quién será ese malnacido?
-No importa. El verdadero peligro se esconde detrás. Pero, como dije, no importa. Para que Árilan tenga una oportunidad, los hechos que hemos visto deben suceder.
-¡Pero debo avisar a mi marido!
-Si le avisas, el será el encargado de acabar con tu vida.
-¡Si no, lo serás tú! ¿Es que estoy perdida? ¿Es que es mi destino aciago morir en este año?
La reina se llevó las manos a la cara sollozando. ¿Por qué tenía que morir? Se iba a perder los grandes momentos de su hija.
-¿Quién ha dicho que vaya a matarte?
-¡No juegues conmigo! Tu misma has dicho que tengo que entregar mi vida para salvar la de mi hija.
-¿Y eso quiere decir que he de matarte? Nosotros, los poderes de Árilan, te auguramos una larga vida, complicada pero larga.
-¿Entonces?
-La que morirá a manos del usurpador será tu hija. Lo único que puedes hacer para salvarla es jugar desde las sombras.
-¿Quieres hacer el favor de hablar sin rodeos?
-Está bien. El usurpador acabará con tu marido y en tus manos está que continúe vivo. Pero no podrás actuar bajo tu aspecto, ni bajo tu persona.
La reina se mantenía callada, por fin parecía entender lo que La Bruja quería decirle.
-Así que mi oferta es la siguiente: Te procuraré un nuevo aspecto, te otorgaré poderes que nunca hayas podido imaginar, todo a cambio de que actúes bajo mis órdenes. La reina Emer debe morir y en su lugar nacerá Lady Bratovitch, consejera de la corte.
-¿Y si no quiero?
-Tu marido morirá decapitado y tu hija despeñada por las murallas de Árilan.
Emer se tapó la boca con la mano.
-Veo entonces que aceptas ¿no?
La Bruja le tendió la mano.







El Gran y todoporderoso rey Remus, primero en su nombre, con aire majestuoso, miraba desde su balcón Ciudad Capital. El cielo estaba de un azul sereno que invitaba a la reflexión y en la ciudad se respiraba la más absoluta tranquilidad. Algo que él había conseguido gracias a su rectitud, y aunque a veces tenía que tomar decisiones difíciles, nuca se había arrepentido de ellas. Un pueblo no se gobernaba permitiendo que la gente se atrasase en sus pagos, o consintiendo que mancillasen el nombre de la corona. Sabía que decían de él barbaridades, lo culpaban de las penurias que pasaba el pueblo, pero siempre había conseguido sacarlos de situaciones adversas. Había creado escuelas, hospitales, buscado la forma de alimentar a cada pueblo cuando sus llantos no bastaban para regar sus estériles tierras. Y por todo eso era odiado y amado. Y a la gente que le amaba, las dejaba vivir tranquilas, pero a aquellos que le odiaban, les separaba la cabeza del cuerpo y las arrojaba al foso, donde el odio no tenía lugar, donde solo habitaba la muerte.

